EL ULTIMO CONFLICTO
Por: DIACUA VIVA
EL ULTIMO CONFLICTO
"¿Qué sucede
cuando un motor de alta precisión termina en medio de un guayabal? Esta es una
invitación a 'des/pensar' el conflicto colombiano y humano, no desde la ley,
sino desde una mirada de una niña campesina que desarma al agresor con una sola certeza: la
sed de entendimiento. Un viaje desde la adicción a las sombras hasta el
silencio que lo dice todo."
Por: DIACUA VIVA
Una
Geometría de la Paz y el Retorno a la Inocencia
A veces, la vida se siente como un motor de fórmula 1 de
alta precisión extraviado en un campo de cultivo de guayabas. No es que el
motor falle, ni que la tierra sea ingrata; es que la potencia no encuentra su
pista de carreras. Durante años, intentamos ser el monje que calla, el
empresario que construye o el gestor que organiza, solo para descubrir que el
"rating" de nuestra entrega no coincide con la frecuencia de un mundo
habituado al estrépito.
Fracasar en esos roles no fue un error de cálculo, sino
un retiro forzoso de la ilusión. Fue el momento en que el creador comprendió
que no podía seguir fabricando bólidos para un terreno que exige, ante todo,
una nueva forma de ver.
El Guion de las Sombras
Hemos vivido habitando un hormiguero que se cree montaña. En este laberinto, nos han enseñado que para existir debemos ser "alguien" frente a un enemigo sin rostro. Nos hemos hecho adictos al goce de la repetición: el mismo grito, la misma herida, el mismo debate que nos hace sentir vivos a costa de nuestra paz. Es el culto al sacrificio, donde preferimos tener la razón en medio de las cenizas que ser felices en el anonimato de la concordia. Donde la adicción al conflicto se había normalizado como un “remedo” de identidad desesperada y paradójicamente “impotente” e “inexistente” no solo en los campos agrícolas, a veces en la academia o en las “barras” deportivas o hasta en el comedor en las cenas de navidad.
¿Cómo logré darme cuenta de esta adicción al conflicto después
de tantos años? las sombras solo tienen el poder que les otorga nuestra mirada.
El conflicto no es una ley de la tierra; es un lenguaje que aceptamos
hablar antes de aprender a respirar.
El
Instante del Agua
Hasta que un día, una niña campesina, tal vez 14 años,
aparece en el corazón del polvo, como una figura que no conoce de deudas
históricas ni de arquitecturas del odio. No es una heroína, pues no busca
salvar a nadie; no es una mártir, pues no acepta el ataque como algo real. Es,
sencillamente, una presencia flexible, inteligente y auténtica.
Ante la presencia de un hombre (tal vez un representante
del orden paraestatal) que la insulta para reafirmar su existencia, ella no
ofrece resistencia. No analiza su rabia ni juzga su carencia. Ella ve, más allá
del personaje sudoroso y violento, la sed profunda de aquel que ha olvidado su
nombre, su identidad, su función y su destino.
EL SECUAZ
(A gritos, buscando una reacción)
¡Mírame cuando te hablo, basura! ¿Crees que porque te quedas
callada eres mejor que yo? ¡Te voy a quitar ese balde y te voy a enterrar en
este polvo!
LA NIÑA
(Ella no se queda callada por miedo, ni le grita que se
calme, ni se ofrece a morir por la tierra. Ella simplemente observa el fenómeno
con la curiosidad de una extraterrestre viendo una abeja en la flor.)
LA NIÑA
(Con voz tranquila, como quien comenta el clima)
Usted está muy cansado de ser ese personaje.
EL SECUAZ
(Se detiene en seco. El insulto que tenía preparado se le
traba)
¿Qué personaje? ¡Yo soy el que manda aquí!
LA NIÑA
—Usted tiene sed
—dice ella, no como un diagnóstico, sino como una evidencia que disuelve la
agresión. Una sed que solo se calma con el entendimiento.
—El personaje que grita es El que
tiene que estar siempre enojado para que nadie vea que le duelen los pies. Sus
botas son viejas y el sol está fuerte. Si yo fuera usted, también querría
patear algo. Pero yo no soy el suelo, y usted no es el patrón. Es más, aquel a
quien usted cree que es su patrón tampoco lo es, pues no lo representa a usted
como ser humano. Solo somos dos personas bajo el sol.
(La Niña sigue su camino. No
espera a ver si él cambió, pues no busca "salvarlo". Ella fluye. Al
no ofrecer resistencia, la energía del Secuaz se disipa en el aire porque no
encontró un muro donde rebotar su frustración y soledad).
En ese momento, la geometría del conflicto se quiebra como un castillo de naipes mojado por el agua del río del entendimiento. Al no encontrar un espejo donde reflejar su furia, el atacante se queda a solas con su cansancio. El "rating" del odio cae a cero.
El motor de alta velocidad que antes
rugía en neutro encuentra dentro de mis pensamientos y recuerdos fallidos, por
fin, su verdadera función: no la de correr, sino la de refrescar el presente,
la de aliviar la sed del entendimiento.
El Retorno al Silencio
La paz no es el resultado de un tratado firmado con
tinta; es el reconocimiento de que la guerra fue una pesadilla que nunca logró
alterar la luz de lo que somos. Des/pensar o dejar de pensar en el hormiguero
que fuimos (como lo hizo aquella niña al darle de beber a aquel hombre, recordándole
su derecho a ser reconocido como ser humano que crece a pesar de su historia
personal) es el acto de soltar las carpetas y archivos de agravios y los tomos de memorias
amargas para habitar el único espacio donde nada falta: y respetar el sencillo acto de satisfacer la sed ahora.
Al final, cuando las identidades ensombrecidas (del “usted
no sabe quién soy yo") se desvanecen por falta de audiencia, tanto por falta de
audiencia al interior de mis desgastados pensamientos que como hoja seca lleva
el viento, como al exterior en la realidad fluida de esta escena donde lo que
queda no es el vacío, sino la plenitud. Ya no hay monje, ni abogado, ni
empresario, ni héroes, ni villanos, ni ídolos, ni victimarios, ni victimas
enajenadas del pasado. Solo queda el Piloto que ha despertado del sueño de
creer que su identidad es ser coche formula I estrellado y en vez de piloto, comprendiendo que la libertad nunca estuvo
en la pista, sino en la decisión de dejar de luchar contra el paisaje y volver
a remontar con fe el camino.
Ahora, las grietas ya no son heridas. Son los conductos
por donde entra la claridad. Y en ese haz de luz, sobran las palabras. Y que la
identidad de este guayabal solo tiene un olor, una función, un destino que no
se escribe en palabras, sino que se vive en paz. Allí donde se extirpa el
último conflicto, el del mundo y sus inexistentes ídolos de papel.
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