EL CHOQUE: RICOS Y POBRES

EL MARTILLO QUE SE CANSÓ DE SER POCILLO


Por: DIACUA VIVA

¿Ser rico o ser pobre? ¿Federalista o Centralista?  ¿Racista o supremacista? ¿Liberal o godo? ¿Hegemonista o anarquista? ¿De izquierda o de derecha? ¿Del Millonarios o del Santafé? Resumamos la pregunta histórica con matemática Baldor: ¿Ser o no ser?. Infortunadamente la respuesta no es aritmética. 


No existe una línea lógica que pueda explicar la fragmentación, la pérdida de integridad, me pregunto si hay una alternativa que dignifique el entendimiento.   O ¿Será cierto que “usted es pobre porque quiere? Afortunadamente, existe algo que supera la lógica: la sensatez de quien ha SOBREVIVIDIO a los “falsos divisionismos impositivos”. Ojo, no hablo de “camaleones tibios” que buscan ballenas rosadas donde no hay ni si quiera ríos, sino de una claridad que ya no cae en el simplismo de las etiquetas.

Afortunadamente hay un ser que ya está sanado contra esta dicotomía distractora,  baratija por no decir estafa y destructiva. El superColombinao de hoy día, con el valor de vivir a lo largo de su historia (en surco de dolores, todos muy semejantes, donde el bien germina ya) ya está sando, por eso no cae en ese simplismo de etiquetas. 

 El Síndrome de la Vitrina: A veces padecemos el síndrome de Doña Florinda: un martillo tratando de convencerse de que es un pocillo de porcelana para encajar en una "oyarquía" que no le pertenece. Nos volvemos un Frankenstein de retazos ajenos: un pedazo de "Joker", una pizca de "impostor", un trozo de "funado". Nos convertimos en una fabricación, en un ídolo de papel que, por mucho que se maquille, no puede ocultar su falta de función.

 

Pero todavía hay otros síndromes que, si uno va por allí distraído, conducen a perder del verdadero poder y ahí si nos convertimo en otra Venezuela. Esos son el sindrome del joker, el síndrome del impostor, el del martillo que quiere ser pocillo, o el del club de los funados anónimos entre otros. 

El SuperColombiano, en cambio, ya no come cuento. Pero ojo,  incluso no comer cuento sigue siendo una posición muy limitada y “pasiva”. Lo cual requiere de acción. Una acción que solo es posible si ya se tiene esa primera claridad, si no, entonces lo que se va a crear es más “confusión”.



 ¿Cuál es la claridad entre ser y no ser? O mejor, ¿cuál es la identidad?. Bueno, en realidad para decir quién debes ser o no,  o qué “partido” debes tomar, sucede no porque “tú no sabes quién soy yo” sino lo que es mejor, que yo tampoco sé quién soy. Así que mucho cuidado tengo de pretender decirte qué sí o qué no SERÁS. Solo invito a usar la sensatez (esa que dice: la humanidad entera, que entre cadenas gime comprende las palabras…de quien…) Si, porque no son palabas lo que nos permite saber qué cosa somos. Es algo mucho más profundo y que está aquí en el día a día. Eso es  morir a toda creencia que no signifique sobreponserse a la muerte. 

Y entender que somos vida y que no hay una respuesta “concluyente” o definitiva, sino que somos un proceso (tal como lo apuntaba R. Feynman). Somos Un proceso. Un proceso en progreso. Progreso permanente de vida, biodiversidad, alegría y fraternidad para dar y convidar incluso para el despistado que no ha entendido o no tenía para ver la t.v. y descifrar a doña Florinda, como me ocurrió de niño. Y justamente somos eso, un niño que crece, comprende, aprende, aporta, gestiona, soluciona y comparte según sean sus posibilidades y necesidades. Esta es justamente la “acción natural” que se requiere para pasar de lo meramente pasivo del “no comer entero” y preparar nuestro propio alimento. Dispensa mundial del entendimiento.

Ser como niños no significa ser ingenuos, significa indagar, cuestionar, comprobar, ensayar, volver a empezar, y de manera despreocupada proponer, compartir. Así pasamos de tener apuestas o propuestas baratas, conflictivas que suenan a disco rayado de “quienes” viven en el pasado y mejor salir de allí y no dejarnos contagiar de camaleones vestidos de tigres por mucho que los maquillen en las redes o en los medios y empezar a Ser cada vez más colombianos como una muestra de cultura que trasciende en fraternidad desde y más allá de las fronteras con alegría, ingenio y mucho humor. Y si quieres saber quién soy, te digo que no soy ni de millonarios ni de Santafé, solo soy la fantasía del futbol de arco a arco.

 

Queda una pregunta en el tintero: una vez que atisbamos el conocimiento de quiénes somos, entoces,  en dónde hallaremos el “re+conocimiento”?


Aquí es donde el arte se vuelve milagro. El error histórico ha sido buscar el reconocimiento en la mirada del otro (en la "Oyarquía", en el aplauso de la tribuna o en el espejo de las redes sociales). Eso es lo que Lacan llamaba el "deseo del Otro", y es una cárcel sin fin.

El verdadero reconocimiento no se "halla" afuera; se evidencia en el fruto.

  1. En el Milagro del Resultado: San Martillo no halló reconocimiento cuando se puso una tapa de olla en la cabeza; lo halló cuando el carpintero lo tomó y vio que, bajo su mando, nacían "casas bonitas de farol".

  2. En la Quietud Interna: El reconocimiento es la paz que sientes cuando tu acción (lo que haces) coincide con tu ser (lo que eres). Es lo que UCDM llama el "Instante Santo": ese momento donde ya no necesitas que nadie te diga quién eres porque la plenitud de tu función te lo está gritando al oído.

El reconocimiento es el eco de tu propia utilidad. Si das de beber al que tiene sed, el reconocimiento no es el "gracias" del otro, sino la desaparición de tu propia sensación de carencia.


Por: DIACUA VIVA

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